DJANGO: SANGRE DE MI SANGRE

El dicho de que ‘nunca segundas partes igualaron o superaron a la película original’ es rebatido plenamente en la nueva cinta nacional “Django: Sangre de mi sangre”. No solo mejora considerablemente al “Django” del 2001, una realización modesta y muy mediocre, sino que devuelve a la pantalla grande al oficioso, hábil cineasta Aldo Salvini después de más de una década, desde el interesante documental “El caudillo pardo” (2005).

En realidad, la obra de Salvini está vinculada mayormente a la televisión, y su labor en el cine ha dado muestras de una singular creatividad y provocación, lindante con lo esperpéntico y lo sórdido, especialmente en varios de sus cortometrajes. Y esa personalidad la ha trasladado de manera eficaz al écran cuando ha tenido la oportunidad. Por ejemplo, en “Bala perdida” (2001), cinta premiada en su momento en el Festival de Lima.


La historia actual, escrita por Yashim Bahamonde y el propio Salvini, sigue las correrías del curtido Django (sólidamente encarnado por Giovanni Ciccia) tras salir de la cárcel y encontrar que el mundo del hampa local ha cambiado, es mucho más violento. Su intención será recuperar a su familia y alejarse de la vida delictiva. Sin embargo, una serie de circunstancias, sobre todo el hecho de que su hijo mayor (un convincente Emanuel Soriano) anda en muy malos pasos, complicarán sus planes.
La película se abre con una secuencia de persecución automovilística, en la que vemos a Django huyendo de la policía, hasta que ocurre un accidente. A partir de ahí el relato salta unos meses atrás para desarrollar la mayor parte de la aventura criminal. Y el esperado empalme con la escena inicial conduce las acciones hacia un desenlace violento que busca sorprender. Ciertamente, una estructura narrativa muy usada en el género policial.

Salvini asume el riesgo de recurrir a diversos estereotipos y formulas típicos del cine de acción, y logra que funcionen gracias a su pericia para compaginar el ritmo y la tensión con alguna dosis de humor negro. Sabe cómo sacarle el mejor partido al rodaje en exteriores. Elabora planos estilizados (la conversación reflejada en los anteojos de Stephanie Orúe), resuelve con mucho nervio escenas climáticas (la muerte del sicario tartamudo en el sauna, el asesinato en la bodega). Convierte a Aldo Miyashiro en un villano caricaturesco con gracia, transforma a Orúe en una chica de barrio tan achorada como sexy. Devuelve a la vida a la ‘chica dinamita’ (Melania Urbina) y hace de su vulgaridad y atrevimiento un breve show.


Las influencias seguramente son muchas (por ahí hasta algo de Tarantino se cuela), pero lo que importa es la fuerte vibración que destila la realización. La fotografía de Micaela Cajahuaringa y el trabajo de montaje contribuyen eficientemente a hacer del largometraje un espectáculo disfrutable y recomendable. Esperemos que este apreciable esfuerzo de Salvini y todo su equipo de técnicos y actores tenga continuidad. Por el bien del cine peruano.

Enrique Silva Orrego

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