EL HILO FANTASMA

El estadounidense Paul Thomas Anderson es uno de los más importantes cineastas de la hora actual. El inspirado resultado de su reciente largometraje “El hilo fantasma” (Phantom thread) es la fina muestra de un estilo depurado, acucioso, brillante. Un complejo relato en el que lo más trascendental es la transformación de la relación que animan sus dos personajes principales: el diseñador de modas Reynolds Woodcock (Daniel Day Lewis) y su joven musa Alma (Vicky Krieps).

Woodcock es el modisto estrella de Londres en los años 50. Hombre maduro que mantiene una rutina diaria inalterable, desde el aseo diurno hasta sus ocasionales salidas sociales, concentrándose principalmente en su prolija labor creativa y la atención a clientas de la alta sociedad. Su brazo derecho es su hermana Cyril (Lesley Manville), suerte de guardiana del orden en la casa y atenta supervisora de todo lo que ocurre alrededor del maniático protagonista.

Sin embargo, esa rutina aparentemente inquebrantable se altera con la aparición de Alma. La atracción de Woodcock es inmediata, la convierte en su amante y la lleva a vivir con él. Situación que desemboca en una extraña y ambigua historia de amor, en la que el diseñador va cediendo poco a poco el control de la relación a la mujer, dueña de un temperamento más fuerte del que dejaba notar a simple vista.
Al principio, Reynolds es el Pigmalión de Alma. Modula su conducta, la modela como si fuera un maniquí, la viste a su antojo, la prepara para la pasarela, para la moda de turno, para entrar en sociedad. Pero la muchacha posee demasiado carácter, no se conforma con ser una figura decorativa y encuentra la manera de modificar esa presencia casi intrusiva del inicio. Empieza a manipular la relación y hacerse indispensable en la opaca existencia de Woodcock. Ecos del Hitchcock de “Rebeca” (1940) y “Vértigo” (1958) se evidencian. Curioso, además, el hecho de que Anderson le haya puesto el nombre de la esposa y mayor colaboradora del maestro Alfred a la coprotagonista.

La cuidada puesta en escena ilustra la evolución de tan peculiar química a través de un funcional manejo de los espacios, de una virtuosa composición de los encuadres y actuaciones notables (especialmente de Krieps y Manville). Una fotografía plena de matices y la espléndida escenografía complementan el gran trabajo de Anderson. Asimismo, la música de Jonny Greenwood es impecable, aunque por momentos subraya las acciones más de la cuenta.
El único Oscar obtenido por la película, al mejor diseño de vestuario, tiene el sabor de un premio consuelo. Una lástima, pues merecía más, pero así juega la ruleta en Hollywood.

Enrique Silva Orrego

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