EL PROYECTO FLORIDA

Película independiente norteamericana, quizás demasiado como para ser promocionada o vista lo suficiente y aspirar a un mayor reconocimiento, “El proyecto Florida” (The Florida project) se revela como una inspirada narración de Sean Baker. No obstante, ha sido increíblemente descartada de los premios Oscar, recibiendo una única nominación en la categoría de mejor actor de reparto para Willem Dafoe.

Se trata del sexto largometraje de Baker, que le sigue a las bien ponderadas “Starlet” (2012) y “Tangerine” (2015), y el primero de su corta filmografía que se estrena comercialmente en nuestro medio. Lo cual resulta una grata sorpresa que el público no deber perderse.
Con un estilo narrativo que por momentos se acerca al registro documental, el realizador echa una peculiar mirada al mundo de quienes existen muy cerca y al margen del ‘Magic Kingdom’ de Disney World. Muestra el patio trasero, ese ‘otro lado’ de moteles de paso, de residentes ocasionales, de proyectos de vida de familias en crisis que luchan por salir adelante en el día a día. Y se fija principalmente en un motel administrado por un sujeto bien intencionado llamado Bobby (Willem Dafoe), y en las correrías de Halley (Bria Vinaite) y su pequeña hija Moonee (Brooklynn Prince), de seis años.

Baker retrata con mucha fuerza expresiva un microcosmos donde resaltan las vivencias, aparentemente intrascendentes, de Moonee y otros niños en situaciones parecidas de precariedad económica. Inmersos todos ellos en sus propios juegos y travesuras infantiles, dueños de una libertad casi idílica, abstraídos incluso de cualquier peligro cercano (por ejemplo, la secuencia del probable pedófilo que ronda el lugar y Bobby se encarga astutamente de alejar). La visión del cineasta abarca igualmente la sólida y cómplice relación de Moonee con su progenitora, una despreocupada joven cuya rebelde conducta no logrará desafiar al sistema y, por el contrario, le acarreará más de un problema.

El recorrido de madre e hija, con el rumbo incierto, a través de locaciones moteleras de diversos colores, es el reverso de un cuento de hadas y alcanza uno de sus mejores momentos en la secuencia del buffet. La cámara se fija en el rostro de Moonee mientras come y se le permite improvisar a su antojo. La culminación del relato, plasmado como una suerte de escape soñado, es el perfecto corolario de una película notable, imprescindible.
Hay que destacar indudablemente las interpretaciones de Vinaite y la niña Prince, y resaltar especialmente la sobria caracterización de Dafoe, una de las mejores de su larga trayectoria.

Enrique Silva Orrego

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