LA FORMA DEL AGUA

La cinefilia del cineasta mexicano Guillermo del Toro se expresa notablemente en “La forma del agua” (The shape of water), su reciente realización nominada a 13 premios Oscar (incluyendo película, director y actriz principal). No solo en la inspiración que le ha permitido el clásico de ciencia ficción “El monstruo de la laguna negra” (1954), de Jack Arnold, sino igualmente en la exposición de algunas breves imágenes de viejos musicales protagonizados por Alice Faye y Betty Grable, estrellas de la 20th Century Fox. Escenas que nos indican que el relato es, esencialmente, un cuento de hadas fantástico, pero uno muy especial, adulto y fascinante a la vez. Implementado, además, por una admirable precisión en cada detalle de su puesta en escena. Desde la fotografía hasta el diseño de producción y especialmente la música del francés Alexandre Desplat.

Estamos ante una emocionante aventura, cuya ambiciosa receta combina elementos de diversos géneros, del horror al drama romántico, al relato de espionaje y misterio, pero lo que la anima de cabo a rabo es su increíble historia de amor. La relación entre una joven empleada de limpieza muda (la entrañable Sally Hawkins) y un anfibio con características humanoides (Doug Jones).

El escenario central es una instalación militar a comienzos de los años 60, durante la Guerra Fría. Lugar en cuyo laboratorio experimental es ingresada una extraña y aparentemente peligrosa criatura capturada en aguas de la amazonía. Todo apunta a que esta será sacrificada para justificar su estudio. Sin embargo, la presencia de la solitaria e inofensiva Elisa (Hawkins) le dará un mágico giro a la narración. Porque al revés de lo que suele ocurrir en los cuentos de ‘bellas y bestias’, será ella quien tome la iniciativa, se enamore del monstruo y consiga ser correspondida.

No caben aquí explicaciones reduccionistas, pues no se trata de una historia de buenos y malos en sentido estricto. Del Toro sabe de matices y los incorpora con gran solvencia. Por ejemplo, Strickland (Michael Shannon), el captor del anfibio amazónico, expresa una maldad que no lo es tanto. Se trata de un hombre de familia rudo y poco amable, con un rígido, vertical sentido del deber, que cumplirá sus órdenes hasta el último aliento. Por otro lado, el espía ruso que incorpora acertadamente Michael Stuhlbarg es un científico a quien le importa mucho salvar a la criatura y se jugará su propia seguridad en el intento. En cuanto a los aliados naturales de Elisa, tanto su vecino Giles (Richard Jenkins) como su compañera de labores  Zelda (Octavia Spencer) están desarrollados eficaz y funcionalmente, y tienen sus propios problemas personales.

La pasión narrativa de Del Toro, su profunda admiración por un cine de otra época, por universos anómalos y deformes, presentes a lo largo de toda su filmografía, se siente en cada plano de su nuevo opus. Se percibe en sus personajes y las situaciones que estos atraviesan, y se traduce vivamente en diversas secuencias realmente memorables. En la primera visión que tiene Elisa del monstruo y la intimidad que se prodigan luego, sobre todo durante la provocada inundación del departamento de ella. En la fuga del anfibio y su inmediata ubicación en la sala del cine. En la tensa visita que hace Strickland al hogar de Zelda. En el justo -plenamente justificado- desenlace.

Tal vez lo más curioso del personaje de Elisa es su misterioso origen y su peculiar atracción hacia el agua. Huérfana, hallada al borde de un río y con extrañas cicatrices en el cuello (acaso huellas de lo que fueron branquias). Toda una creación amplificada en la gran caracterización de Sally Hawkins. Sin duda, merece el Oscar.

Enrique Silva Orrego

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