La Niña y el Papá

 

Cuando eres madre y sabes que vas
a tener una niña imaginas que serán compañeras de juegos, de secretos y compartirán
cada momento como amigas inseparables.
Cuando la niña llega a tu vida la
llenas de cariño, le prometes que nunca vas a separarte de ella, le cuentas
historias que aun no puede entender, imaginas para ella un mundo ideal como si
fueras dios, pones y sacas piezas a tu antojo en ese mundo imaginario, solo
para que ella sea feliz.

Cuando la niña crece y descubre
que existe Papá en su vida todo cambia, se emociona al verlo llegar, cambia
todo lo que hace en ese momento solo por tener el placer que papi la cargue en
sus brazos, le regala besos y abrazos, lo llena de risas, lo premia con su
atención mientras que tú, madre ilusionada pasas a segundo plano en la
distribución de atenciones.

Cuando intentas acercarte a ese
par que tiene una complicidad única y tratas de incluirte en el juego, esa niña
que amaste desde que estaba en tu panza, a la que le diseñaste un mundo feliz,
esa niña te aparta con una mano y te dice Chau!
Tú, madre insistente, buscas
otros caminos para entrar al juego mientras que el padre intenta ayudarte en el
ingreso, la niña no da el brazo a torcer, abraza a Papá y te dice Mio!
No puedes competir con eso, no
debes competir. Tienes que observar y reconocer que hay un buen papá, que hay
una niña feliz, que ese egoísmo de siempre desear que te quieran más que a nadie no puede
ganarle a la dicha de ver a tu hija feliz.
Le canta, le sopla la barriga, se
acurruca con él, le cuenta cosas que nadie entiende, lo toma de la mano, lo
busca, le baila, lo celebra, lo ama.

 

Te llenas de paciencia y esperas
que Papá se vaya a trabajar o regrese el momento de estar ella y tú a solas,
cuando vuelven a ser amigas, cómplices, regresan los juegos y regresan a ser
solo las dos, la niña y la mamá.

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