LA RUEDA DE LA MARAVILLA

A los 82 años, Woody Allen sigue tan prolífico como siempre con una película como promedio cada 12 meses. “La rueda de la maravilla” (Wonder wheel) es su penúltima cinta y ya casi resulta un milagro que un trabajo suyo llegue a la cartelera local. Luego de la estupenda “Cafe society” (2016), inédita en nuestro medio, el veterano cineasta neoyorquino la emprende con otra realización de época, en un tono significativamente menor, más discreto, pero con incuestionable inspiración.
En Estados Unidos, la crítica en su mayoría ha destruido injustamente el filme con argumentos equivocados. Que el cineasta se repite, que ya no tiene nada qué decir. Como si se pretendiera que Allen quede fuera de carrera a la luz de la reapertura judicial de un caso de supuesto abuso sexual ocurrido hace mucho tiempo y archivado por falta de pruebas. No deben confundirse las virtudes y/o defectos de la obra artística con la vida estrictamente personal del profesional. Que quede claro.
Lo que hay que tener muy en cuenta es el privilegio que poseen los grandes autores de repetirse. De volver sobre temas, personajes y situaciones de obras anteriores. De citarse a sí mismos, incluso de copiarse. Bergman se ha repetido, Hitchcock también. A Woody Allen le asiste el mismo derecho.

De primera impresión, la película se siente como un repaso de otras historias -más complejas y logradas- contadas previamente por Allen, en las que el azar se impone sobre el destino de los personajes, quienes intentan -y no siempre pueden- controlar el rumbo de sus vidas. La tragedia los ronda y suele afirmarse con una cierta ironía.
La acción transcurre en Coney Island en los años 50. Allí se trazan las correrías de Humpty (Jim Belushi) y Ginny (Kate Winslet), un matrimonio en crisis. El, un exalcohólico que trabaja en un parque de diversiones; ella, una insatisfecha exactriz que labora como mesera y tiene un menor hijo de un primer compromiso al que le fascina provocar incendios. La rutina parece estar consumiéndolos, hasta que aparece Carolina (Juno Temple), una hija de Humpty que fugó con un pandillero y ahora busca un refugio donde esconderse tras huir de la mafia y saber que su seguridad corre peligro.

El relato, al igual que otros tantos del viejo Woody, se ampara en un oficioso narrador, que aquí responde al nombre Mickey (Justin Timberlake), un joven salvavidas con pretensiones intelectuales cuya presencia, aunque intermitente, se antoja crucial en el desarrollo de la trama. Una combinación de drama y comedia habitual en el universo alleniano.
La puesta en escena está concebida como un escenario teatral, donde los diálogos y el movimiento de los personajes en los espacios interiores y exteriores es lo principal. Y si bien la virtuosa fotografía del italiano Vittorio Storaro es clave porque gradúa la iluminación y las texturas de la paleta de colores para modular las diversas instancias de la narración, el recurso termina volviéndose mecánico y subrayando más de la cuenta el artificioso engranaje propuesto.

Sin embargo, Allen se las ingenia, como casi siempre, para encontrar el ritmo adecuado, con la música apropiada, y sacar el mayor partido al reparto bajo su mando. Pequeño grupo actoral en el que destacan la británica Kate Winslet, simplemente sensacional, y Jim Belushi.
La sombra de Ingmar Bergman, uno de los maestros de cabecera de Woody, irrumpe con fuerza en las dos escenas finales, como para recordarnos que hemos visto la representación de un trozo de vida. La destreza narrativa del realizador se muestra en toda su magnitud.

Enrique Silva Orrego

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