EL LEGADO DEL DIABLO

El cine de terror estadounidense de los últimos años revela un claro estado de inspiración en casos puntuales. “It follows” (2014), de David Robert Mitchell; “The witch” (2015), de Robert Eggers; “It comes at night” (2017), de Trey Edward Shults; y “Get out”  (2017), de Jordan Peele, son significativos ejemplos -a los que puede sumarse ahora “El legado del diablo” (Hereditary), de Ari Aster- de un género que se mantiene vigente y encuentra la manera de sorprender gratamente.
Se trata de primeros o segundos largometrajes de cineastas jóvenes que, no obstante percibirse arriesgados y/o novedosos, denotan marcadas influencias de obras previas de realizadores destacados, como Roman Polanski, Stanley Kubrick o John Carpenter. Influencias que, por otro lado, no condicionan o impiden que las nuevas historias respiren por sí mismas y sacudan en buena ley a los espectadores.
“El legado del diablo”, ópera prima de Aster luego de 6 cortometrajes, es un relato de misterio y horror contundente, trabajado de manera oficiosa, que se toma su tiempo para alcanzar el clímax. La mecánica no es precisamente original, pero la mano firme del director revela un incuestionable talento en el uso del lenguaje fílmico.
La familia Graham ha perdido a su matriarca y el duelo será vivido de una manera progresivamente extraña por sus deudos. Para Annie (Toni Collette), la hija, la muerte de su progenitora significará más un alivio que una pena porque no había una buena relación entre ellas. Su esposo Steve (Gabriel Byrne) será un firme apoyo en el hogar. Empero, sus hijos -Peter (Alex Wolff) y la pequeña Charlie (Milly Shapiro)- experimentarán una misteriosa y sobrenatural conexión con su fallecida abuela. Lo cual derivará en la revelación de oscuros y terribles secretos que los afectarán a todos.
La primera media hora transcurre sin aspavientos, salvo por breves visiones fantasmales de Charlie. El punto de quiebre se afirma en el abrupto giro tras la fiesta a la que acude Peter con su hermana obligado por las circunstancias.
Aster construye el horror, el miedo a lo desconocido, a partir de lo cotidiano, tal como ocurría en la paradigmática “El bebé de Rosemary” (1968), espeluznante cinta de Polanski que aparece como su mayor referente. Hay ecos de “El resplandor” (1980), de Kubrick, y “El conjuro” (2013), de James Wan; que el realizador asimila sin abusar de los golpes de efecto, evitando los excesos, el sobresalto gratuito.
Aster aprovecha muy bien los espacios interiores de la propiedad de los Graham, de la misma manera que las locaciones exteriores. Un eficaz ejemplo, en ese sentido, ocurre en la escena en que Annie llora amargamente en su habitación consolada por su esposo, de la que se pasa inmediatamente al funeral. La mirada distante en ambas situaciones genera una peculiar tensión.
Hay que destacar el trabajo de edición y especialmente el de sonido que resultan muy funcionales. A su turno, la apropiada música de Colin Stetson es utilizada adecuadamente en escenas cruciales.
En cuanto a las actuaciones, el reparto cumple a cabalidad. Sin embargo, resalta la intensa caracterización de Toni Collette, probablemente de las mejores de su carrera. A su lado, deviene fundamental la discreta presencia de Ann Dowd en un rol que recuerda -a la distancia- al de Ruth Gordon en “El bebé de Rosemary”.
 
Enrique Silva Orrego

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