LOVING VINCENT

La vida del célebre pintor holandés Vincent Van Gogh (1853-1890), quien solo vendió en vida un cuadro de los aproximadamente 800 que abarca su obra, y murió sin conocer el éxito, ha sido objeto de diversas adaptaciones cinematográficas. Kirk Douglas lo encarnó brillantemente en el inolvidable drama “Sed de vivir” (1956), de Vincente Minnelli. Jacques Dutronc hizo una caracterización igualmente memorable en la excelente “Van Gogh” (1991), del francés Maurice Pialat. Incluso, el cineasta Martin Scorsese, en una de sus escasas incursiones como actor, lo personificó en uno de los mejores episodios de “Los sueños de Akira Kurosawa” (1990).
En estos días, el público local puede apreciar una versión distinta y bastante original de la historia de Van Gogh en la atractiva cinta de animación “Loving Vincent”, una coproducción anglo-polaca dirigida por Dorota Kobiela y Hugh Welchman.
La estructura narrativa reconstruye la existencia del artista, dueño de un talento indiscutible y víctima de un severo desequilibrio emocional, a partir de una serie de testimonios de personas que lo conocieron. Declaraciones recogidas por un joven mensajero interesado al principio solo en entregar la última carta de Vincent a su hermano Theo, pero luego progresivamente cautivado por el universo del pintor.
El trámite del relato, como si se tratara de una pesquisa detectivesca, no es lo esencial. Lo verdaderamente importante es la forma en que se ha concebido, como una ambiciosa obra pictórica, pintada al óleo por cien artistas inspirados en el propio estilo de Van Gogh y también tomando como base varios de sus cuadros más reconocidos.
El procedimiento, que no es nuevo, ha consistido en filmar primero toda la película con actores reales, lo que se conoce como acción en vivo. Y después pasar el material rodado al sistema de animación. Método empleado, por ejemplo, por el especialista Ralph Bakshi en la realización de la primera versión -condensada- de “El señor de los anillos” (1978), y posteriormente por Richard Linklater en dos largometrajes: “Waking life” (2001) y “A scanner darkly” (2006).
Sin duda alguna, el mayor impacto de la cinta radica en la precisa compaginación de su creatividad visual, en lo llamativo de unas coloridas imágenes –salvo los flashbacks en blanco y negro- que parecen pinturas vivas materializadas, segundo a segundo, frente a nuestros ojos. Un esfuerzo enorme, seguramente agotador a la hora de llevarlo a cabo, que hace de la visión de “Loving Vincent” una experiencia sumamente grata y muy recomendable.

 
Enrique Silva Orrego

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