STAR WARS: LOS ÚLTIMOS JEDI  

Esperado estreno de fin de año, “Star Wars: Los últimos Jedi” (Star Wars: The last Jedi), está destinado a ser un súper éxito. Y desde luego a fascinar a quienes siguen la saga fantástica desde sus inicios, hace 40 años, y a las nuevas generaciones que la ven como una experiencia religiosa. Porque parece que de eso se trata, de casi un dogma de fe. Sin embargo, para los que no somos fanáticos, el episodio VIII es una simple aventura, plagada de referencias a los propios estereotipos creados y/o asimilados por George Lucas.
El tema del cambio generacional es fundamental aquí, puesto que está mucho más claro en este segundo largometraje de la nueva trilogía la posta de personajes viejos a figuras jóvenes. De un legado que se hace necesario para abrir el universo de Star Wars hacia otros rumbos. Lo cual va a incluir lógicamente una tercera película que supuestamente cerrará las correrías de Poe Dameron (Oscar Isaac), Rey (Daisy Ridley), Finn (John Boyega) y el villano Kylo Ren (Adam Driver), entre otros protagonistas. Algo que ya estaba planteado en el episodio VII, “El despertar de la fuerza” (2015).La historia se enfoca en el indesmayable enfrentamiento de la Resistencia contra la tiránica Primera Orden para salvar lo que queda de la República. En este contexto, Dameron y Finn se concentran en la lucha armada, mientras que Rey intenta convencer al viejo Luke Skywalker (Mark Hamill) de abandonar su lejano refugio para apoyar y refrendar el liderazgo de su hermana, la princesa Leia (Carrie Fisher). Al mismo tiempo, Rey tiene la oportunidad de desarrollar sus poderosas habilidades bajo la guía del último maestro Jedi. Por otro lado, Kylo Ren busca plasmar su propia agenda al servicio del siniestro Snoke, con ayuda del general Hux (Domhnall Gleeson) y sus huestes. 

La dirección de Rian Johnson es correcta y logra mantener el interés a pesar de un guión irregular y algo disperso. El relato inicia bien, con una dinámica primera media hora en donde se impone la ya conocida pirotecnia visual. Luego la narración se torna morosa, sobre todo en la visita de Rey a la isla donde habita el voluntariamente exiliado Skywalker. La prédica filosófico-existencial sabotea el fluido ritmo conseguido hasta entonces. Sin embargo, en la última hora Johnson se sacude del letargo.
Solo entonces las mejores vibraciones se apoderan de la pantalla y aparece lo más resaltante de la cinta. Rey luchando infructuosamente para liquidar a Snoke, la coreográfica pelea en la que Kylo ayuda a Rey, los intentos de Ren y el general Hux para destruir el refugio de la Resistencia en el desierto, el duelo entre Kylo y Skywalker, quizás la secuencia más importante del extenso metraje.

Las citas a películas previas de la saga se hacen patentes y pertinentes. Y algunas pequeñas sorpresas y colaboraciones surgen de tanto en tanto. Por ejemplo, la participación de una madura Laura Dern en el decisivo rol de la vicealmirante Holdo o el divertido mercenario DJ que encarna Benicio del Toro con el mayor desparpajo. A diferencia de los episodios previos, el más visible handicap en las dos partes de esta tercera trilogía es su carta de villanos, que adolece de verdadera fuerza. En ese sentido, Kylo Ren no se acerca nunca a las maléficas dimensiones de Darth Vader, por más que haya asesinado a su progenitor Han Solo en el episodio anterior y amenace en el actual con liquidar a la Resistencia. El buen actor Adam Driver resulta poco convincente, tal vez demasiado infantil (acorde con los moldes de la casa Disney que maneja la franquicia), y su caracterización, más bien, acentúa las debilidades del personaje.
Se anuncia ya la conclusión –el episodio IX– para 2019 bajo la batuta de J.J. Abrams, quien retoma las riendas tras “El despertar de la fuerza”. Esperemos que redondee la faena lo mejor posible.

Enrique Silva Orrego

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