WIÑAYPACHA

El estreno comercial de la película peruana “Wiñaypacha” es importante. En principio porque se trata de una producción del cine regional, cuyas realizaciones (cortos y largometrajes) tienen una difusión muy limitada y normalmente están circunscritas a proyecciones en circuitos reducidos, mayormente culturales.
La cinta, dirigida por el joven puneño Oscar Catacora, se exhibió con buena acogida en el 21° Festival de Lima en agosto de 2017 (por error de los programadores fuera de la competencia oficial correspondiente) y obtuvo un premio en la tercera edición de La Semana del Cine de la Universidad de Lima en noviembre pasado. Su estreno internacional se produjo en el Festival de Mar del Plata (Argentina) en diciembre, y este año recibió una mención honrosa en el Festival de Punta del Este (Uruguay) y tres galardones en el Festival de Guadalajara (México), incluyendo el de mejor ópera prima.
Tan merecido éxito prácticamente ha señalado el camino para su lanzamiento en nuestro medio a nivel nacional. Sin embargo, hay que destacar -y advertir- que “Wiñaypacha” (cuya traducción más apropiada del aymara, según el productor Tito Catacora, sería ‘Mundo eterno’) no es el tipo de película de consumo masivo al que está acostumbrado el público que frecuenta las salas. Es una película exigente, un relato minimalista, hablado íntegramente en aymara, rodado en la altura puneña a más de 5 mil metros, con dos únicos protagonistas (actores no profesionales), en una difícil geografía que constituye un elemento significativo a lo largo de la narración.
La historia da cuenta de la complicada existencia de una pareja de ancianos octogenarios en un alejado lugar de la puna. Separados de su único hijo, esperan en vano que este vuelva para ayudarlos o rescatarlos de su precaria subsistencia. El tiempo apremia, el clima se torna cada vez más inclemente y las posibilidades de seguir con vida se van agotando. En este contexto, el realizador desarrolla una interesante reflexión sobre la vejez, la soledad y el contacto directo con la naturaleza a partir de lo cotidiano.
La cámara siempre está fija y el único movimiento es el que se registra dentro del campo visual. Los ancianos hacen sus tareas domésticas o dialogan sobre su delicada situación, sobre el hijo desarraigado que ha partido a la ciudad y no retorna o los ha olvidado. Se encomiendan a sus dioses en un entorno amenazado no solo por el clima, sino por animales depredadores, con su escaso ganado en peligro y con la obligación de mantener vivo el fuego como elemento principal de supervivencia.
Esa mirada contemplativa obliga al espectador a sumergirse en un universo donde importa igualmente lo que no se ve o no está presente, pero se oye o se habla. Y se perciben simbologías propias, míticas, ancestrales. La puesta en escena privilegia los planos amplios y de conjunto, en los que resultan fundamentales la precisa composición de los encuadres, los ruidos ambientales, la conjunción de imágenes y sonidos. Todo integrado en una visión antropológica del mundo andino, que merece ser apreciada con atención.
La inobjetable fuerza expresiva de “Wiñaypacha” la convierte en una película relevante en el quehacer cinematográfico regional, pero también en el panorama del cine peruano actual, tan urgido de obras competentes. Esperamos que el trabajo de su realizador tenga continuidad y evolucione favorablemente.

Enrique Silva Orrego

Comentarios

share post :
Facebook
Twitter
Pinterest
Instagram
Youtube
Snapchat